El Mundo Impostado

Sí, las miradas también mienten en el Mundo Impostado. Un mundo donde prevalecen los egos que luchan por súper vivir y al que subyacen unos valores embellecidos con su batalla por sobrevivir. Un mundo con las fronteras impuestas por la auto afirmación y cuyas banderas han sido coloreadas por el orgullo. Un mundo donde la burbuja económica la protagoniza la hipocresía, que estalla en mil puñales, y se torea dibujando falsas sonrisas.

Sí, las sonrisas también mienten en el Mundo Impostado. Se cargan de demagogia y restallan con furia en los corazones de aquellos a quienes engañan, sin contemplar el pasado, el presente o el futuro. Ya no preocupan los momentos, pues el tiempo no importa más allá de la acuciante falta del mismo.

Sí, el tiempo también miente en el Mundo Impostado. Bailotea despreocupado al son de los segundos mientras los latidos de quienes creen poseerlo se sincronizan con sus propios (h)usos horarios. Pero no resulta importante: las promesas se suicidan con palabras.

Sí, las palabras también mienten en el Mundo Impostado. Porque no deja de ser un mundo para verdades sutiles, engaños sinceros y trucos honestos, donde cada mirada impugna una condición de la humanidad.

Sí, las miradas también mienten en el Mundo Impostado
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El miedo habita en el subconsciente

El miedo vive donde nadie puede verlo; en la frontera entre el iris y la pupila; a la sombra de lo desconocido. El miedo arranca los gritos más desgarradores que nadie escuchará jamás, excepto nosotros mismos. El miedo retuerce cada milímetro del cuerpo que habita y confunde a la razón con su catatónico emotivismo moral.

El miedo convive junto a nuestros secretos en lo más profundo del campo de batalla donde se suicida el corazón. Donde los imperativos morales pierden su exhortativa condición de mandato y donde el ego se postula como sociópata filofóbico.

El miedo a sentir construye jaulas inquebrantables, con barrotes de hormigón armado por las mentiras del orgullo, por la verdad de la egofobia y por el dolor de lo ocurrido en la pseudo-realidad de nuestro pasado más inquebrantable.

El miedo a fracasar forma parte de la absurda naturaleza de quien mira al futuro creyendo que llegará; creyendo que la marea enorme de todo lo que dejamos de hacer, lo que dejamos de sentir y lo que jamás pudimos olvidar, nos pasará por encima sin la piedad que el tiempo otorga al dolor.

Pero qué más da: el miedo habita en el subconsciente, hogar de los sueños… Y los sueños, miedos son.